El breve reinado de Pipino IV by John Steinbeck

El breve reinado de Pipino IV by John Steinbeck

Author:John Steinbeck
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-10-14T23:00:00+00:00


Una de las cargas que más pesaban sobre los hombros del rey era su falta de vida privada. Era seguido, adulado, protegido, contemplando con atención. Había meditado acerca de hacer uso de disfraces a la manera de Haroun-al-Raschid. En algunas ocasiones se encerraba con llave en su aposento simplemente para huir de las miradas y las voces de la gente que lo rodeaba.

Fue por entonces cuando, casualmente, hizo un descubrimiento feliz. La reina, que había descubierto que era necesario limpiar el despacho de su marido, lo mandó salir mientras terminaba de barrer y quitar el polvo. El rey llevaba puesta su chaqueta de pana, un poco raída por los codos, pantalones de franela que necesitaban ser planchados y alpargatas. Deslizó algunos papeles en su; cartera y salió al jardín a terminar su trabajo. Mientras estaba sentado al borde del estanque de los peces, se le acercó un jardinero.

—No está permitido sentarse aquí, señor —le advirtió.

El rey se encaminó hacia un lugar a la sombra de una gran escalinata. Inmediatamente un gendarme le tocó en el codo.

—Las horas de visita son de dos a cinco, señor. Por favor, vaya a la entrada y espere un guía.

Pipino se quedó mirándolo con la boca abierta. Recogió sus papeles y echó a andar lentamente hacia la entrada. Pagó su cuota por hacer la excursión con el guía. Compró tarjetas postales y atisbo con la multitud el interior de las habitaciones protegidas con gruesos cordones de terciopelo.

A través de todo su recorrido por palacio vio criados y nobles y ministros de la corona y ni uno solo de ellos echó una mirada al hombre de chaqueta de pana y alpargatas. Incluso la reina pasó con gran bulla y no se fijó en él mientras la caravana volvía la cabeza para clavar sus miradas en ella.

Lleno de regocijo, siguió a los turistas de vuelta a la; entrada de palacio y tomó asiento en el autobús contratado para regresar a París. Se sentía alborozado. Para asegurarse completamente, hizo la prueba de pasear por los Campos Elíseos, y nadie lo reconoció.

Se sentó delante de una mesa del Select, pidió que le sirvieran un Pernod con agua y contempló a la multitud que pasaba por delante. Escuchó las conversaciones de los turistas, y su sensación de libertad creció en él como si tuviera alas.

Se dio el gusto de enredarse en una discusión tibiamente antimonárquica con un corresponsal de la revista Life, el cual replicó:

—Me imagino que el rey no ha podido todavía hacer limpieza de todos los comunistas.

Pipino miró con gesto despectivo, pidió un cigarrillo y atravesó lentamente los Campos Elíseos; pasó luego por delante de Fouquet, entró en la Avenida George V, dejó atrás el hotel Príncipe de Gales y llegó hasta la entrada del mismo hotel George V. Al llegar al vestíbulo, fue detenido por un empleado.

—¿Desea usted alguna cosa?

—Ver al señor Tod Johnson.

—¿Va a entregar algo? Déjelo en el...

—Tengo su cartera de documentos —respondió Pipino—. Me ha pedido que se la entregue personalmente.

—El portero... —comenzó a decir el empleado sin quitar la vista de las alpargatas.



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